Los gemelos y Drácula

Samuel caminaba de un lado a otro, pensando en los últimos acontecimientos en el cementerio. Le preocupaba su hermano Lester. No se estaba alimentando como era debido, se rehusaba a beber sangre humana; lo hacia solo de animales, pero eso no era bueno para la salud  del vampiro, ya que se encontraba débil y poco a poco iba perdiendo sus habilidades sobrenaturales, como por ejemplo: ya no poder desmaterializarse. Samuel intentó por todos los medios hacerle entender sobre las consecuencias de sus malas decisiones, pero este rechazaba la idea.
Analizó la situación: Lester tenia miedo de si mismo, no aceptaba ser quien era: un vampiro. Pero ¿cómo podría hacerle recapacitar?
Una idea le rondó la cabeza; por supuesto que lo intentaría, sonrío Samuel.
El vampiro salió a toda prisa en busca de Lester, quien se encontraba en su nuevo piso, situado en un barrio exclusivo de Manhattan.  Samuel se apareció repentinamente en la recamara de su hermano, y este se enfadó.
—No se qué parte del no me gusta que aparezcas sin avisar, no entiendes, Samuel—se quejó Lester.
—Lo siento, hermano, pero tenemos una emergencia: Drácula requiere de nuestra presencia en el cementerio hoy a la media noche, lo que nos da apenas  veinte minutos para llegar a tiempo —resopló Samuel.
Lester fijó la mirada en su gemelo, y después, sacudió la cabeza. Tenía miedo de Drácula, pero sabía muy bien las consecuencias si no se presentaban a su audiencia.
Salieron con prisa del edificio y tomaron un taxi, rumbo al cementerio.
Ya en el coche, Samuel iba con una sonrisa misteriosa, algo que disgustó a su hermano.
—A ti ¿qué te pasa? Tienes una cara de idiota…
—Verás, hermano, me causa gracia que tengamos que tomar un taxi, cuando… —hizo una pausa.  —Tú ya sabes —afirmó el vampiro casi en un susurro para evitar que el conductor escuchase la conversación.
Llegaron al cementerio. Lester pagó al conductor y salieron del coche. Samuel pidió que lo siguiera y así caminaron entre las tinieblas del gélido lugar. Llegaron a un pequeño edificio con unos dibujos extraños en la fachada. Samuel abrió la puerta, invitando a su hermano a entrar; acto seguido, el vampiro entró…
Samuel se aseguró de cerrar bien la puerta, Y su hermano, sintió pavor cuando se percató que el pequeño lugar estaba repleto de espejos. Lester tembló, dio media vuelta y se dispuso a salir a toda velocidad, pero su gemelo se lo impidió sistemáticamente. Lester le estampó un puñetazo en la cara, logrando librarse de él. Llegó hasta la puerta, la abrió y salió disparado.
Lester cayó sobre sus rodillas. Cuando llegó a la entrada del cementerio, sintió arcadas, y un mareo que no le permitió seguir huyendo. Una voz aguda lo interrumpió.
—¿Aún tienes miedo a los espejos, vampiro?
Lester levantó la cabeza y vio a Drácula, el señor y amo de su raza, a quien le debía respeto.
—No, no, mi señor —negó con la cabeza.
—Vampiro, es hora que aceptes tu realidad ––dijo Drácula con un resplandor en sus ojos negros, sabiendo que el gemelo de Samuel mentía.
Lester observó con detenimiento a ese ser; quiso decirle que quería morir, que deseaba salir de ese cuerpo, suplicar que lo liberase, pero se distrajo al observar que una figura se alzaba detrás del señor de los vampiros.

Lester lo reconoció enseguida. Era José, un caza vampiro, y quien estaba en posición de ataque, con una daga de plata entre las manos. Lester se enfureció y le asaltó el instinto asesino que creyó olvidado en él. De un salto se puso de pie y corrió hacia la figura que estaba a punto de acabar con la vida de su señor. Lester llegó hasta el asesino, lo derribó al piso y, con mucha precisión, clavó sus colmillos en la yugular del hombre. Bebió del humano con ansias, como si afirmará y aceptara su condición de vampiro. El liquido entraba en su garganta haciéndole sentirse fuerte, como calmando su largo periodo de abstinencia.

Drácula y Samuel lo observaron incrédulos, pero satisfechos de haber logrado que Lester superase su miedo…

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