Lester observó las estrellas en el cielo, recordando aquella época de su vida, cuando la felicidad tenía un nombre, un rostro. El tiempo volaba, sin dudas. Ahí estaba en el cementerio, con una rosa en la mano, como todas las noches…

Sus ojos verdes grisáceos se oscurecieron como si fuera un agujero negro en el universo. Se estremeció al llegar a la tumba de su amada, se agachó y colocó la delicada flor sobre el mausoleo; se alteró al contacto de su piel con el frío mármol que recubría el lugar de descanso de Amalia.

Lester susurró su nombre y sus pensamientos viajaron en el tiempo: sus ojos negros, su sonrisa encantadora, sus rizos de ensueño que caían como cascada sobre sus hombros, su porte de reina y su belleza etérea. Cuando la tenia en sus brazos y la poseía bajo la luna, jurándole amor eterno… Lester llevó las manos a las sienes, lamentando su desgracia, ahora la vida le estaba cobrando con creces su más grande pecado.

El hombre se puso de pie y caminó de un lado a otro, como una fiera encerrada en su jaula. Quería morir ahí mismo, deseaba arrancarse el corazón y morir como merecía: como un asesino.

—Hermano, nunca dejarás de lamentar la muerte de la bella Amalia.

Lester se enfureció al escuchar la voz de Samuel, su hermano gemelo. Giró sobre sus tobillos y clavó sus ojos en los de él.

El parecido entre ambos hombres era asombroso, no había forma de diferenciarlos: cabello largo y negro, piel canela, ojos verdes e, increíblemente, tenían casi el mismo tono de voz.

Lester se le fue encima a una velocidad vertiginosa, arrinconándolo contra un árbol, posando sus manos en el cuello. Samuel sonrió y se desmaterializó en el acto, haciendo que su hermano se golpeara contra el árbol.

—Hermanito, es hora de que madures. Debería darte vergüenza a tus 214 años ¿No te parece? —dijo Samuel apareciendo a sus espaldas.

—No tienes que recordarme mi edad. ¿No te han dicho que es de mala educación? —dijo el vampiro, recomponiéndose del golpe.

—Bueno, es casi la hora de la cena. ¿Qué tenemos en el menú? Quizás una hermosa humana, jugosa y apetitosa.

—Muy gracioso.

—Maldita sea, Lester, ya déjate de estupideces. No puedes seguir con lo mismo, estás débil. Debes alimentarte como es debido.

—No te metas en mi vida, hermano —amenazó Lester.

—Han pasado más de 100 años, estamos en pleno siglo XX. La mataste, ¿no? Supéralo —dijo Samuel arqueando una ceja.

—Samuel, lárgate. Déjame solo antes de que te mate con mis propias manos.

El vampiro sonrió sarcásticamente, odiaba ver en lo que se había convertido Lester, un ser solitario, débil, sin ningún propósito en la vida. Samuel asumió el papel de protector, pero ya se estaba cansando de esa situación tan absurda.

—Lester, debemos salir del cementerio. Vine para advertirte que tenemos visita en la ciudad. Liam está en Nueva York.

Lester se quedó paralizado, tratando de procesar aquella información. Liam era nada más y nada menos que un caza vampiros, hermano de Amalia y que llevaba 100 años tras sus pasos para vengar la muerte de su amada hermana.

—¿Cómo lo sabes, Samuel?

—Como verás, hermano, hace rato pasé por tu piso, y cuando quise entrar, me di cuenta de que había alguien merodeando. Me escondí para vigilar, y mi sorpresa fue mayúscula cuando reconocí a Liam.

—Debemos darnos prisa y salir de la ciudad —afirmó Lester.

***

Al otro lado del cementerio, un hombre de dos metros, cabello largo y vestido con una gabardina negra, vigilaba la discusión de los gemelos. La vida le estaba regalando aquella maravillosa oportunidad de vengarse de esos asesinos, y claro que lo haría, con mucho gusto.

“Ojo por ojo” se dijo a sí mismo.

Estudió la situación, se encomendó al alma de su hermana y, de pronto, ante su sorpresa, las luces resplandecieron…

***

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MUCHAS GRACIAS,

© ROTZE MARDINI 2016.

روتزه

Vampires

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